Por Sixta Calixta/Censura!
Hay olores que no pertenecen al presente. Irrumpen como una grieta en el tiempo, como una voz antigua que no pide permiso para volver. Se adhieren a la piel, se filtran en la conciencia, y de pronto ya no estamos aquí: estamos allá, en ese territorio invisible donde habita lo que nunca debimos olvidar.
Así comenzó todo. Un rastro en el aire, denso, terroso, casi sagrado. Mis pasos —obedientes a una memoria que no sabía que tenía— me condujeron hasta el origen de aquel aroma: no eran simples alimentos, eran fragmentos de historia cocinándose a fuego lento.
Mujeres. Mujeres de rostro firme, de mirada intacta. Vestidas no para agradar, sino para resistir. Portaban en su indumentaria el peso de siglos, el lenguaje silencioso de sus pueblos. Venían de allá de las montañas —esas que no caben en las postales ni en la imaginación urbana—, trayendo consigo algo más que comida: traían identidad.
Y entonces, la frase.
La voz del gobernador Miguel Ángel Navarro Quintero no sonó como discurso, sino como una especie de conjuro necesario: “Somos raíz, somos familia, somos Nayarit».
Pero la raíz —hay que decirlo— no se invoca: se conoce, se camina, se sufre… o se pierde.
¿Cuántos pueden afirmar que conocen el pulso profundo de esa raíz?
La mayoría, no.
Y a veces, el desconocimiento no es inocente: es una forma de olvido. Hace años, ese olvido tomó forma en un instante de miedo. Un camino cualquiera desde Tepic hacia Bellavista, rumbo al arroyo del Chilte, con la presa de Aguamilpa como horizonte. De pronto, la carretera se convirtió en frontera. Figuras humanas emergieron a lo lejos, cubiertas de negro, como si la noche hubiera descendido sobre sus cuerpos. Machetes en mano. Una cuerda cerrando el paso. El miedo fue inmediato, visceral, casi animal. El pie en el freno. El pensamiento en fuga.
¿Asalto? ¿Violencia? ¿Fin?
No.
Era algo más profundo. Más antiguo. Más incomprendido.
“Son los Borrados”, dijo una voz ajena, como quien traduce un idioma desconocido. Y en ese nombre —casi mítico— se reveló una verdad que desarma prejuicios: no eran amenaza, eran custodios.
Guardianes de un tiempo sagrado que se abre durante la Semana Santa, donde el mundo exterior queda suspendido. Donde la comunidad se repliega sobre sí misma para recordar quién es. Donde nadie entra, nadie sale… porque lo que ocurre adentro no es espectáculo: es rito.
Ese día, la ignorancia retrocedió un paso.
Ayer, finalmente, comprendí.
La inauguración de la Glorieta Nayarit no fue una obra más en la geografía urbana de Tepic. Fue un acto de restitución simbólica. Un golpe suave pero firme contra el olvido. Frente al Paseo de La Loma, donde el tránsito no se detiene y la vida parece avanzar sin mirar atrás, ahora se levanta un recordatorio incómodo: somos lo que fuimos.
Y lo que fuimos, sigue aquí.
La sustitución de una figura sin memoria por un símbolo con raíz no es un gesto estético: es una decisión política, cultural, casi moral. Porque representar sin entender es decorar el vacío.
Acompañado por Beatriz Estrada Martínez, el mandatario abrió un espacio donde la cultura no se exhibe: se respira. Artesanías que no son objetos, sino relatos.
Gastronomía que no alimenta el cuerpo, sino la identidad. Talleres que no enseñan técnicas, sino pertenencia.
Y entonces la frase vuelve, pero ya no suena igual.
Somos raíz.
No como consigna. Como advertencia.
Porque en un mundo que avanza devorando memorias, donde la tecnología uniforma rostros y lenguajes, recordar se convierte en un acto radical.
Defender la identidad no es romanticismo: es supervivencia cultural.
Sin pueblos originarios, no hay historia.
Sin historia, no hay identidad.
Y sin identidad… lo que queda no es progreso.
Es silencio.











