Por José Agapito Robles/Censura
Con una fijación de adolescente desatado y el sentido común en huelga, Alejandro Galván Araiza —el autoproclamado jefe de gabinete y escudero incondicional de Geraldine Ponce Méndez— ofreció un momento estelar que pasará a la historia del ridículo institucional.
En plena transmisión en redes sociales, ante los ojos y oídos de niñas, niños y más de 200 mil seguidores, Galván explicaba con entusiasmo cómo canjear premios escondidos en unos huevos de plástico: pizza, chocolates y otras delicias. Pero, como no puede con su genio ni con su necesidad desesperada de ser el alma de la fiesta, soltó la joya del día: «¡Ya me agarraron los huevos…! ¡Suéltenlos!», dijo dirigiéndose a un empleado, mientras reía como si acabara de inventar el albur.
Ahí, frente a un público infantil, Galván hizo gala de su estilo: un «open mind» sin freno, sin filtro y sin el más mínimo sentido de lo que implica ser un funcionario público. Porque claro, ¿qué importa el contexto cuando uno tiene más de 50 años encima y aún cree que el humor de secundaria es sinónimo de carisma?
Lo grave no es solo la falta de profesionalismo. Es el mensaje: que cualquier espacio —aunque esté dirigido a menores— puede ser terreno para soltar ocurrencias de doble sentido, mientras nadie en el equipo se atreve a frenar la vergüenza ajena.
Alejandro Galván no necesita enemigos. Con este tipo de espectáculos, él solito se encarga de exhibir lo que significa tener poder sin responsabilidad, micrófono sin criterio y una obsesión con los “huevos” que ni el Kinder Sorpresa podría justificar.











